París visto desde el Sena
El río Sena, el más conocido afluente de París, ha regido la vida de los habitantes de la capital francesa desde sus orígenes, marcando la pauta para construir su entorno y sirviendo de protagonista principal en la vida de una ciudad que no descansa y que parece moverse al ritmo de las aguas del Sena (en francés Seine), el río que no conforme con ser un ícono de su país se ha convertido en un referente cultural del mundo, tanto así que en 1991 sus orillas fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad. Pocos ríos del mundo pueden contar su historia.
Absolutamente navegable, el Sena muestra una perspectiva de París que ayuda a comprender cómo se desenvuelve la ciudad, de qué forma sus antiguos ciudadanos fueron erigiendo museos, parques, iglesias, municipios a sólo pasos de uno de sus principales ríos, no su mayor afluente, pero indudablemente por el que son conocidos en el mundo entero, casi como si el Sena fuera el Nilo europeo.
Desde los romanos a los turistas japoneses
El Sena ha representado desde siempre el corazón de la capital francesa. Pero la actividad en torno a este hito fluvial comenzó mucho antes que siquiera lo que hoy conocemos como París empezara atomar vida. Eso es lo que han descubierto arqueólogos al excavar cerca de la Iglesia de Notre Dame, en una de las orillas del río, sitio arqueológico desde donde han extraído piezas como canoas correspondientes a los poblados romanos que se asentaron en su rivera hace ya muchos siglos.
Desde ahí el río sirvió como columna vertebral de la futura formación de París, separando a la ciudad en dos y nutriendo a cada una de ellas de una notable actividad cultural, social y artística. Estilos como el gótico, el renacentista, el neoclásico, se pueden ver en la fachada de sus edificios, a sólo pasos de distancia caminando por alguna de las riveras del río, el mismo que se trasforma en un acertado guía turístico que invita a recorrer sus veredas, puentes y orillas para descubrir una buena parte de lo más interesante de ver cuando se visita esta ciudad francesa.
Toda la historia indica que París habría nacido desde el Sena mismo, algo que explica absolutamente su posición estratégica y la panorámica ideal para visitar desde la Iglesia de Notre Dame hasta la mismísima Torre Eiffel.
Cuando París no era la inmensa y poblada ciudad que es hoy -y sólo se suscribía a lo que se conoce como “Île de la Cité”-, sus habitantes casi la podían recorrer entera con tan sólo moverse desde un extremo a otro del Sena. Ahora eso es imposible porque París cuenta en la actualidad con una periferia de 34 km, que permiten su división en 20 departamentos, 10 de los cuales reciben el influjo directo del río.
Recorrido en barco por el Sena
Por eso es más sencillo embarcarse en un barco que recorra el Sena desde la Isla San Luis hasta la plaza del Trocadero, pasando por debajo de más de una treintena de puentes y de las cercanías de plazas, monumentos y museos tan conocidos como el d`Orsay, un paseo que se extiende por 13 kilómetros repletos de sorpresas.
El recorrido se puede realizar a pie (algo agotador y que ocupa más de una jornada, pero interesantísimo) o arriba de embarcaciones que generalmente salen del embarcadero de la Torre Eiffel y que van desde los más económicos Bateaux Parisiens (con un valor de aproximadamente 10 euros), hasta los más lujosos que incluyen cena, como los Bateaux Mouches, cuya tarifa sobrepasa los 100 euros. Incluso hay una embarcación (el Batofar, un barco rojo que sirve de sala de conciertos) en donde el recorrido se puede hacer al ritmo de la música electrónica.
Si el embarque es desde la Torre Eiffel el camino comienza con una vista panorámica de este monumento construido para la feria mundial de 1889, el mismo que las autoridades parisinas algún día quisieron derrumbar. Luego le siguen los Campos Eliseos, el Grand Palais, el Museo d `Orsay, en donde se pueden encontrar piezas de autores como Claude Monet, Paul Gauguin, Vincent Van Gogh, sólo por nombrar los más conocidos entre la colección permanente.
El camino sigue con la cercanía del Hotel de Ville (o la alcaldía parisina), la Iglesia de Notre Dame, construida en el siglo XIII.
La vida sobre y bajo los puentes
Claro que el recorrido del Sena no sólo permite apreciar los monumentos más claros de una ciudad abiertamente artística y cultural, sino que también sentir de cerca el amor de los parisinos por ocupar sus espacios públicos constantemente.
Por eso no es raro encontrarse con jardines como el Tino Rossi – ubicado entre el puente de Sully y el de Austerlitz- inaugurado en 1980 muy cerca del Instituto de Mundo árabe (imperdible para comprender la influencia de esa cultura en occidente), un espacio en la rivera del río repleto de árboles y esculturas en donde también uno puede embarcarse en algún bote turístico. Un poco más allá, subiendo hacia la Torre Eiffel, es posible encontrarse con botes dormitorios, acondicionados para los parisinos que viven en medio del Sena.
Un punto aparte son los libreros que se instalan en el costado izquierdo del Sena y en donde es posible encontrar no sólo libros antiguos sino también viejas postales, afiches e historias del pasado y presenta glamoroso de París, una panorámica que acompañan muy bien los cafés típicamente citadinos repartidos por una y otra vereda.
Ahora un circuito interesante, y que tiene estrecha relación con el Sena, son los treinta y cuatro puentes repartidos a lo largo de su flujo. Bien vale la pena comenzar por el Pont Neuf, que contrario a lo que indica su nombre es el más viejo de la ciudad, de ahí caminar hasta el Pont des Arts, a sólo unos pasos del Museo del Louvre; luego el Pont de Carrousel, inmortalizado en las pinturas de Van Gogh; el Pont Royal, desde donde se pueden apreciar los Jardines de las Tullerías y bastante más allá el Pont de l’Alma o el Pont d’Iéna, mandado a construir por el mismísimo Napoleón. Para sentir que París es verdaderamente incansable.









